𝑺𝒆𝒅𝒂𝒔, 𝒄𝒐𝒓𝒐𝒏𝒂𝒔… 𝒚 𝒃𝒂𝒄𝒕𝒆𝒓𝒊𝒂𝒔: 𝒍𝒂 𝒉𝒊𝒈𝒊𝒆𝒏𝒆 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒂 𝒉𝒊𝒔𝒕𝒐𝒓𝒊𝒂 𝒑𝒓𝒆𝒇𝒊𝒆𝒓𝒆 𝒏𝒐 𝒆𝒏𝒔𝒆𝒏̃𝒂𝒓
Nos han vendido a la realeza envuelta en sedas, banquetes interminables y perfumes carísimos.
Coronas relucientes, salones interminables y cuerpos impolutos que parecen flotar por los pasillos de palacio.
Pero lo que rara vez aparece en las películas de época es cómo se resolvían los aspectos más básicos y menos glamurizados de la vida cotidiana 🤫💩.
Porque el lujo no siempre iba acompañado de comodidad, y mucho menos de una higiene como la entendemos hoy.
En la Edad Media no existía el papel higiénico.
Ni para campesinos ni para reyes.
Eso no significa que la gente viviera ajena a la limpieza, sino que dependía de los recursos disponibles.
Como norma general, cuando había agua, se usaba agua.
Y cuando no, se recurría a lo que estaba a mano: paja, heno, musgo, lana o trapos, que se lavaban o se desechaban tras su uso.
Las diferencias sociales marcaban la calidad del material, no el principio básico.
Muchas historias sobre prácticas medievales grotescas proceden de una tradición historiográfica muy posterior, construida desde la idea de que las sociedades antiguas debían ser más sucias para que las modernas parecieran más civilizadas.
Relatos como el de supuestas cuerdas comunitarias colgadas en letrinas palaciegas se han popularizado enormemente, pero no cuentan con una base documental ni arqueológica sólida.
Son imágenes potentes, sí, pero más cercanas al mito que a la evidencia.
En la Antigua Roma ocurre algo parecido.
Se suele afirmar que los romanos se limpiaban con el famoso xylospongium, una esponja atada a un palo, compartida en los baños públicos.
La imagen es impactante, pero cada vez está más cuestionada.
Las fuentes romanas mencionan el objeto, pero no describen de forma explícita que se utilizara para la higiene anal personal.
Lo que sí conocemos bien es la centralidad del agua.
Las letrinas públicas estaban conectadas a corrientes constantes, con canales de evacuación y sistemas pensados para el arrastre y la limpieza.
Por ello, una parte creciente de investigadores interpreta que la higiene personal se hacía principalmente con agua, de forma similar a un bidé.
El xylospongium pudo servir para limpiar la propia letrina o los conductos, más que para el cuerpo humano.
Esto no convierte a Roma en un paraíso sanitario, pero sí desmonta la idea de unos retretes convertidos en fábricas sistemáticas de parásitos por pura ignorancia.
La falta de privacidad era real y las infecciones existían, pero reducirlo todo a una “esponja anal compartida” es una simplificación moderna.
Mientras tanto, en China, la historia tomó otro rumbo.
Allí la higiene no se entendía como un lujo, sino como una práctica cultural profundamente arraigada.
El papel se inventó hacia el año 105 d.C., y ya en el siglo VI existen testimonios claros de su uso para la higiene personal.
El erudito Yan Zhitui dejó escrito que no se atrevía a utilizar para ese fin papel con citas de los Clásicos o con nombres de sabios.
Un detalle que revela una concepción muy distinta del respeto, la limpieza y el valor simbólico de los objetos cotidianos.
El contraste se acentúa en el siglo XIV.
En 1391, durante la dinastía Ming, la corte imperial de Nankín consumía cientos de miles de hojas anuales de papel higiénico.
Para la familia del emperador Hongwu se fabricaban versiones especiales, más suaves y perfumadas, mientras gran parte de Europa sufría crisis sanitarias recurrentes y una infraestructura urbana muy limitada.
Los viajeros extranjeros quedaron desconcertados.
Un viajero árabe del siglo IX anotó con sorpresa que los chinos no se lavaban con agua tras hacer sus necesidades, sino que se limpiaban con papel.
Occidente tardó siglos en adoptar una solución similar.
El papel higiénico no se comercializó hasta 1857, cuando Joseph Gayetty lo vendió en Estados Unidos como un producto médico.
Hasta entonces, el papel era caro, escaso y socialmente incómodo de comprar.
Y en las cortes europeas existían cargos como el Groom of the Stole, el noble encargado de asistir al rey en su intimidad.
Un puesto de enorme peso político.
En lugares como Versalles, la escasez de baños obligaba a muchos nobles a aliviarse en pasillos o detrás de cortinas.
Los perfumes intensos y los abanicos no eran un capricho: eran una necesidad.
Así que no, no era sangre azul.
Era lujo, limitaciones técnicas y soluciones culturales muy distintas a las nuestras.
La historia no siempre olía bien, pero tampoco fue la caricatura insalubre que durante siglos nos han querido vender 🏰🤢.
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