𝒄𝒉𝒂𝒓𝒍𝒆𝒔 𝒅𝒊𝒄𝒌𝒆𝒏𝒔: 𝒈𝒆𝒏𝒊𝒐 𝒍𝒊𝒕𝒆𝒓𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒚 𝒕𝒊𝒓𝒂𝒏𝒐 𝒅𝒐𝒎𝒆́𝒔𝒕𝒊𝒄𝒐
La imagen oficial es conocida: niño pobre, padre en la cárcel de deudores, fábrica de betún, superación, gloria literaria. Y sí, todo eso es cierto.
Pero quedarse ahí es quedarse a medias.
Charles Dickens fue un genio.
También fue un hombre profundamente obsesivo, controlador y, en su vida privada, capaz de una frialdad demoledora.
Tras veinte años de matrimonio y diez hijos, decidió que su esposa Catherine ya no encajaba en su vida.
Se enamoró de una actriz de 18 años, Ellen Ternan, cuando él tenía 45.
Y entonces empezó la operación de borrado.
Intentó convencer a un médico amigo suyo para que declarara a Catherine mentalmente inestable y poder internarla en un asilo.
El médico se negó tras examinarla.
No estaba loca.
Ante el fracaso, Dickens rompió con él y pasó al plan B: destruir su reputación.
Publicó un comunicado en prensa insinuando que su esposa era incompetente y emocionalmente inestable.
Después dividió la casa con un muro para no verla y terminó expulsándola.
Se quedó con casi todos los hijos.
Ella quedó aislada socialmente.
Mientras tanto, alquilaba casas bajo nombres falsos para ocultar a Ellen.
Viajaba con ella en secreto.
Incluso en el accidente ferroviario de Staplehurst en 1865 —donde murieron diez personas— su prioridad fue ponerla a salvo antes de que llegara la prensa, para que nadie supiera que estaban juntos.
Pero el control no era solo emocional.
Era estructural.
Dickens era extremadamente vanidoso y neurótico con su apariencia.
Se peinaba el cabello constantemente, a veces cientos de veces al día.
Tenía espejos estratégicamente colocados en su estudio y se detenía a mitad de una frase para comprobar que cada mechón estuviera en su sitio.
Su escritorio funcionaba como un ritual.
Necesitaba una hoja de papel verde perfectamente colocada —decía que ese color descansaba su vista—.
Encima, siempre los mismos objetos: dos sapos de bronce peleando con espadas, un conejo de bronce y un gran cortapapeles.
Si alguien movía un centímetro a los sapos, quedaba bloqueado.
No podía escribir.
Dormía orientando la cama hacia el norte magnético porque creía que eso alineaba sus energías creativas.
Caminaba hasta 30 o 40 kilómetros de noche por los barrios más peligrosos de Londres para calmar la mente.
Visitaba la morgue de París para observar cadáveres no reclamados.
Practicaba mesmerismo con mujeres cercanas, convencido de que podía curarlas con pases magnéticos.
Su obsesión por el orden era tal que entraba en habitaciones ajenas para recolocar objetos.
No soportaba un cuadro torcido ni un libro mal alineado.
Era un hombre brillante, sí.
Pero también dominado por la ansiedad y la necesidad constante de control.
En su testamento dejó instrucciones estrictas: nada de funeral ostentoso, nada de circo victoriano.
Quería un entierro sencillo en Rochester. No se respetó.
Fue enterrado con honores nacionales en la Abadía de Westminster.
Tampoco dejó monumentos… y hoy tiene estatuas por todas partes.
A su esposa le dejó una asignación fría.
A Ellen, una suma considerable de dinero.
A su cuñada Georgina, elogios afectuosos.
Incluso después de muerto, gestionó el relato.
¿Era un monstruo? No.
Era un hombre del siglo XIX con un poder descomunal y un ego frágil.
Un creador capaz de una empatía literaria inmensa y, al mismo tiempo, de una dureza íntima brutal.
El trauma de la fábrica lo hizo sensible a la pobreza.
Pero también lo convirtió en alguien que necesitaba dominar su entorno, su familia, su imagen y hasta la disposición milimétrica de dos sapos de bronce.
Genio indiscutible.
Buena ficha en lo personal… bastante menos. 🖋️
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