𝑩𝒂𝒓𝒃𝒊𝒆: 𝒍𝒂 𝒉𝒊𝒔𝒕𝒐𝒓𝒊𝒂 𝒓𝒐𝒔𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒖𝒏𝒄𝒂 𝒇𝒖𝒆 𝒕𝒂𝒏 𝒊𝒏𝒐𝒄𝒆𝒏𝒕𝒆
La versión oficial dice que Ruth Handler creó Barbie en 1959 para que las niñas imaginaran futuros más allá de ser madres.
Y es cierto… a medias.
Lo que casi nunca se cuenta es que el molde original no nació en un cuarto infantil de California, sino en la Alemania de posguerra.
La muñeca que inspiró a Barbie se llamaba Bild Lilli.
No era un juguete.
Era un souvenir picante basado en una tira cómica para adultos del diario Bild-Zeitung.
Se vendía en estancos y bares como regalo para hombres.
Ruth compró varias, las llevó a EE. UU. y Mattel desarrolló un modelo prácticamente calcado.
Años después, la empresa alemana demandó y Mattel terminó comprando los derechos para cerrar el asunto.
Así que sí, el icono infantil más famoso del mundo tiene raíces bastante menos “family friendly”.
La propia Ruth tampoco tuvo un final de cuento.
En 1975 fue acusada por la SEC de manipular informes financieros para inflar el valor de las acciones de Mattel.
Dimitió, pagó multa y realizó servicio comunitario.
Paradójicamente, después fundó Nearly Me, una empresa de prótesis mamarias tras haber superado un cáncer de mama.
Usó su experiencia fabricando torsos de plástico para crear prótesis de silicona más realistas.
Fue su segundo acto, mucho más humano.
Los nombres tampoco fueron un detalle tierno sin consecuencias.
Barbara y Kenneth, sus hijos, crecieron con muñecos que llevaban sus nombres.
Ken declaró que detestaba la asociación.
Murió en 1994 por complicaciones relacionadas con el sida.
Barbara siempre dijo que ella no era una mujer de plástico y que el fenómeno la incomodaba.
Y luego están los tropiezos de Mattel, algunos difíciles de defender.
En 1965, la “Slumber Party Barbie” incluía una báscula y un librito que aconsejaba: “¡No comas!”.
Fue uno de los primeros choques públicos sobre imagen corporal y presión estética.
En 1992 llegó la Teen Talk Barbie.
Entre sus 270 frases, una decía: “Math class is tough!” (La clase de matemáticas es difícil).
El grupo AAUW denunció que reforzaba el estereotipo de que las niñas no sirven para ciencias.
Mattel retiró la frase. Pero lo más surrealista fue el “Barbie Liberation Organization”: activistas intercambiaron los dispositivos de voz de Barbies y G.I. Joe.
De pronto, las Barbies gritaban “¡Ataquen!” y los soldados pedían planear bodas.
Fue una humillación pública brillante.
En 1997 apareció la Barbie Oreo.
La versión afroamericana fue un desastre.
En EE. UU., “Oreo” es un insulto racial hacia personas negras consideradas “blancas por dentro”.
Mattel no previó el contexto.
La reacción fue inmediata y la muñeca retirada.
Hoy es pieza de colección… por las razones equivocadas.
En 2002, Midge —la amiga de Barbie— reapareció embarazada, con barriga magnética desmontable y bebé dentro.
Padres indignados, acusaciones de promover embarazo adolescente y retirada en grandes superficies.
En 2010, Barbie Video Girl incorporó una cámara en el collar y pantalla en la espalda.
El FBI emitió una alerta preventiva por posibles usos indebidos.
No hubo casos documentados, pero el daño reputacional fue suficiente.
Barbie ha sido astronauta, cirujana y presidenta… pero también espejo de estereotipos, torpezas corporativas y desconexiones culturales.
No es un simple juguete: es un termómetro social.
A veces inspirador. A veces incómodo.
Y casi nunca tan inocente como parece.
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