Mientras algunos deciden ignorar las consecuencias de sus actos, continuar con su vida individual como si nada pasara alrededor, como si los demás no sufrieran por sus actos inconscientes, reproduciendo todo sistema inculto que solo quiere más caos; mientras los pseudo pensadores creen que ese caos es nuestro, de la clase baja, trabajadora, oprimida…
Pero no solo somos personas cansadas de que nos traten como basura.
Somos los que sí prestamos atención en clases.
Los que sí nos gusta la justicia.
Los que sí nos interesa la vida y el planeta.
Somos quienes usamos la ciencia para ayudar a los necesitados de todas las especies.
Somos quienes sí intervenimos, porque somos seres racionales, éticos y empáticos.
Porque al ser conscientes del daño, tenemos la obligación moral de responder.
A esas personas capitalistas y destructoras que dicen que, bajo ciertas condiciones, se deben seguir permitiendo los abusos, la violencia y las desigualdades —los mismos que solían decir que "así es la naturaleza"— les decimos: Su mayor violencia no es sólo lo que defienden, sino la ficción en la que viven. No soportan reconocerse como cómplices. Se aferran a lo superficialidad del ser perfecto, inmutable, siempre a salvo. Viven prestados en los discursos de otros, en discusiones ajenas y abstractas, desviando la atención del mundo real, de la sangre seca en las manos que no quieren mirar. Mientras, el verdadero conocimiento —aquel que une, que compasione, que sirve— lo han abandonado. Han olvidado que el propósito de saber no es ganar debates, sino cuidar la vida.
Nosotros no viviremos en su ficción.
Nosotros no delegaremos nuestra humanidad.
Por eso nuestro camino no es solo la resistencia.
Es pasar a la acción.
Es educar con el ejemplo, ser el ejemplo en persona.
Es ser la política en persona, asumir plenamente el rol de ser humano.
Es aprender, en cada acto, a ser humano.
Es tomar el control de la propia vida y, desde ahí, transformar todo lo que nos rodea.
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𝑫𝒐𝒚𝒍𝒆 𝑳𝒆𝒆 𝑯𝒂𝒎𝒎: 𝑪𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒏𝒊 𝒆𝒍 𝑬𝒔𝒕𝒂𝒅𝒐 𝒑𝒖𝒅𝒐 𝒎𝒂𝒕𝒂𝒓𝒍𝒐