𝑪𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒆𝒍 𝒅𝒆𝒔𝒆𝒐 𝒇𝒆𝒎𝒆𝒏𝒊𝒏𝒐 𝒔𝒆 𝒍𝒍𝒂𝒎𝒐́ 𝒆𝒏𝒇𝒆𝒓𝒎𝒆𝒅𝒂𝒅
La versión viral es seductora: médicos victorianos agotados de provocar “paroxismos histéricos” a mujeres diagnosticadas con histeria, inventan el vibrador para ahorrarse tiempo y muñeca.
Suena redondo.
El problema es que la historia real es bastante más compleja… y menos cinematográfica.
Primero, la “histeria” sí existió como diagnóstico.
Viene del griego hystera (útero) y durante siglos se usó como cajón de sastre para síntomas que hoy llamaríamos ansiedad, depresión, trastornos somáticos o, simplemente, malestar femenino que incomodaba al entorno.
En el siglo XIX era un término habitual en la medicina europea y estadounidense.
Eso es cierto.
También es cierto que el médico británico Joseph Mortimer Granville patentó en la década de 1880 un aparato electromecánico de vibración, conocido como el “Martillo de Granville”.
Pero aquí viene el matiz importante: Granville lo diseñó para tratar dolores musculares y problemas nerviosos, sobre todo en hombres.
De hecho, dejó por escrito que no le gustaba usarlo en mujeres para tratar la histeria.
La idea de que los médicos pasaban horas practicando masajes pélvicos hasta provocar orgasmos de forma rutinaria y sistemática es mucho más discutida entre historiadores.
Esa narrativa se popularizó sobre todo a partir del libro The Technology of Orgasm (1999), de la historiadora Rachel Maines.
Su tesis planteaba que el vibrador surgió como una solución médica para inducir el “paroxismo histérico”.
El problema es que investigaciones posteriores han señalado que hay pocas pruebas clínicas directas que respalden esa práctica como algo tan extendido y mecánico como suele contarse.
¿Existían tratamientos pélvicos?
Sí, hay referencias médicas a manipulaciones y terapias físicas.
¿Era el orgasmo considerado un fenómeno sexual en la época?
No necesariamente como lo entendemos hoy; muchas veces se describía como una “descarga nerviosa”.
Pero la imagen de consultas llenas de médicos exhaustos provocando orgasmos en serie es, como mínimo, una simplificación muy atractiva.
Lo que sí es comprobable es que a principios del siglo XX empezaron a comercializarse vibradores eléctricos para uso doméstico.
Se anunciaban como “masajeadores”, prometiendo vigor, belleza y bienestar.
Aparecieron en catálogos antes que otros electrodomésticos más conocidos.
El lenguaje era deliberadamente ambiguo para evitar problemas legales en una época con fuertes leyes de obscenidad.
En los años veinte, cuando estos aparatos empezaron a aparecer en películas pornográficas, el vínculo con el placer sexual se volvió explícito.
A partir de ahí desaparecieron de la publicidad “respetable” y quedaron asociados al ámbito privado.
En cuanto al diagnóstico, la American Psychiatric Association eliminó oficialmente la “histeria” como categoría en 1952.
Fue el cierre simbólico de una etiqueta que durante siglos sirvió para patologizar conductas femeninas que no encajaban en el molde social.
Entonces, ¿es cierto que el vibrador nació como herramienta médica para provocar orgasmos terapéuticos?
Parcialmente plausible en algunos contextos, pero exagerado en su versión más viral.
¿Fue la histeria un diagnóstico que mezclaba ciencia, moral y control social?
Sin duda.
La historia real no necesita adornos: durante mucho tiempo el malestar femenino fue reinterpretado como enfermedad uterina.
Y la medicina, como toda institución humana, no estuvo libre de prejuicios.
Conviene contarlo bien.
Sin puritanismo, pero también sin convertir un proceso histórico complejo en una anécdota perfecta para redes.
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