/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
El viento empezó antes de lo previsto, como si hubiera llegado con antelación a una cita que llevaba tiempo esperando.
No era continuo. Venía a ráfagas cortas, calculadas, casi inteligentes.
Golpeaba una ventana, se detenía.
Luego otra.
Siempre distinta.
Como si aprendiera.
En el edificio de enfrente las luces se apagaron piso por piso.
Nadie salió a los balcones.
Nadie gritó.
Demasiado orden para un fallo eléctrico.
Demasiado silencio para una noche de viento.
Dentro de casa el aire no corría, pero las puertas crujieron igual.
La del baño se cerró sola.
La del dormitorio se entreabrió lo justo para dejar pasar una sombra que no obedecía a ninguna lógica.
No se proyectaba.
Simplemente avanzaba.
El viento silbaba por los enchufes, como si algo respirara dentro de las paredes.
Encendí el móvil.
Sin cobertura.
Sin hora.
Solo la linterna… y aun así había rincones que la luz evitaba.
Entonces llegaron los pasos.
Descalzos.
Cautelosos.
El viento los tapaba cuando se acercaban demasiado.
Jugaba.
A las once y doce minutos exactos, alguien llamó a la puerta.
Tres golpes lentos.
El viento se detuvo.
Y lo entendí.
El viento no estaba intentando entrar.
El viento ya estaba dentro.
Ahora escribo esto con el armario vibrando.
Arañando.
Probando la cerradura.
Si esta noche el viento se detiene de repente…
no te tranquilices.
Está escuchando.
Buenas noches, criaturas valientes. 🌑
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